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¿Era Lenin un agente alemán?

 

 

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¿Era Lenin un agente alemán?

Una de las revelaciones más curiosas de la Guerra de Ucrania está siendo el despertar de un  sentimiento nacionalista ruso presoviético,  ortodoxo y zarista (es decir, monárquico-paneslavo-euroasiático-imperialista). Son muchos los representantes de dicho movimiento, pero si hubiera que elegir a una figura emblemática, éste sería sin duda el coronel Igor Ivanovich “Strelkov”, héroe del Donbass. Otros representantes destacados de esta corriente serían el diputado nacionalista Eugeny Fedorov, el ultranacionalista Zirinovski e incluso Vladimir Vladimirovich Putin.

 Esta  brusca regresión, más allá de lo “retro” y lo “vintage”, en los límites de la feria de artesanía medieval, yo no me la esperaba. Primero porque supone atrasar el reloj de la historia exactamente un siglo. Segundo porque niega la existencia histórica de la URSS, como si ésta no hubiera sido más que un absurdo paréntesis, una suerte de aberración en el curso “natural” de la historia, según sostiene el ideario de los hombres del Antiguo Régimen junto a la religiosidad, la sociedad estamental, el militarismo, el patriarcado, el enriquecimiento individualista, la explotación del trabajo y tantas otras rémoras ideológicas que, durante muchos años, creíamos superadas.

Igor Strelkov

 Y sin embargo, este sentimiento “primitivo” está mostrando ser mucho más efectivo y necesario que la supuesta superioridad del materialismo científico, para frenar los crímenes de la abominación oligárquico-fascista, puesto que los partidos comunistas, al igual que sucedió con la ofensiva hitleriana, se han mostrado impotentes para frenar el asalto fascista, largo tiempo incubado por un capitalismo siempre vil y taimado, siempre al acecho y a la ofensiva, beneficiario de patético marasmo, del autoengaño al que se someten a sí mismas organizaciones que se llaman “de clase”, pero que no hacen otra cosa que lamentarse y desfilar en procesiones tan impotentes como concurridas.

 En la historia de la lucha de clases y del comunismo, si hubiera que denominar con un enunciado la condición del movimiento obrero desde los años 70 hasta la actualidad, éste sería el de “la era de los falsos partidos comunistas”. Falsos por su naturaleza pequeño burguesa. Falsos por formar parte del aparato estructural del estado burgués. Falsos porque no se ve en ellos ni un atisbo de voluntad de combate y ni mucho menos de victoria. Falsos por haber integrado un derrotismo crónico que los ha convertido en la mejor válvula de contención en manos del poder burgués para neutralizar y anular a la clase trabajadora. Ninguno de estos partidos supuestamente comunistas, ni en Grecia, ni en Portugal, ni en Italia, ni en España, se plantearon en ningún momento la articulación de una estrategia bélica, único remedio para frenar, la furibunda y sangrienta orgía que ha desencadenado el fascismo capitalista desde 1991, tal y como se ha demostrado en el Donbass. Sólo algunas honrosas excepciones como las medio-centenarias FARC en Colombia, el PKK kurdo, o los maoístas indios han mantenido la bandera roja enhiesta y limpia del barro reformista burgués.

 Y en Ucrania, mientras que el movimiento de regeneración comunista Borodva era aplastado, mientras que el Partido Comunista de Ucrania veía a sus dirigentes asesinados, apaleados y puestos fuera de la ley, un pequeño grupo de nacionalistas encabezados por un nostálgico zarista y sentimental, le daban una paliza histórica a lo mejor de las falanges nazis y a los más costosos mercenarios que la Roma yanqui, las oligarquías imperialistas francesa e inglesa, la teocracia racista sionista y las monarquías feudales árabes se podían permitir; y ello, para escándalo y vergüenza de los comunistas del futuro cuando examinen esta bochornosa etapa de la lucha histórica del proletariado. Porque ahora resulta que, según Strelkov -autoridad tiene para opinar y lo ha demostrado- lo que hay que hacer es ir a comulgar en los monasterios de popes, y que -como duele- Lenin era un agente alemán que facilitó la caída de los divinos zares.