Adopte un feto

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Adopte un feto.

Casi nada de lo que sucede se debe al azar. Las decisiones políticas responden a la voluntad de la clase dominante de una sociedad. La restricción del derecho al aborto es una política de Estado en España, que actualmente experimenta un decrecimiento neto de población de 200.000 personas al año y junto con Italia, otro país totalitariamente católico, está a la cabeza de la recesión demográfica en Europa. Si se le suma el retorno de la emigración económica atraída por la burbuja especulativa inmobiliaria y el éxodo de masas de jóvenes trabajadores sin perspectiva, la situación adquiere tintes de hecatombe demográfica. Para arreglar las cosas, a los herederos del franquismo no se les ocurre otra cosa que secuestrar el cuerpo de las mujeres, especialidad católica, y limitar su derecho al aborto.

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Sin embargo, la justificación ética de esta restrictiva política no sería creíble sino gracias a la propaganda del Estado y de sus organizaciones subordinadas, que engañan de esta manera a un público crédulo, sumiso y adoctrinado. ¿Cómo se puede creer que un cuerpo social que censura el aborto en aras de la protección del derecho a la vida defienda en otra parte masacres imperialistas (Iraq, Afganistán, Libia, Siria, Somalia), genocidios (Palestina) , Golpes de Estado (Honduras, Paraguay), y la pauperización de millones de personas con la consiguiente reducción en su esperanza de vida, producto de la brutal expropiación (llamada privatización) del patrimonio público? ¿Se trataría de un caso de múltiple personalidad neurótica o más bien es otro ejemplo más de hipocresía cristiana?

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Lo cierto es que España tiene una tasa de crecimiento negativa desde hace años. La población, sin embargo, ha aumentado en los últimos tiempos gracias a la nacionalización de muchos emigrantes llegados al amor de la burbuja especulativa inmobiliaria. No es pues de extrañar que los elementos más recalcitrantes del chovinismo patrio, íntimamente ligados a la organización internacional conocida bajo el nombre de Iglesia Católica Romana, consideren que la solución para despertar los ímpetus de la raza pasa por la prohibición y secuestro del cuerpo y la libre voluntad de las mujeres. Da la impresión de que no estamos lejos de que algún diputado navarro del Partido Papista proponga emular el caso australiano, donde, desde 1930 a 1982, el Estado forzó la adopción de 250.000 niños, que eran abducidos de madres solteras para entregarlos a otras familias. No parecen pues dispuestos a estimular la fertilidad mediante estímulos económicos y ayudas a madres y familias, tal y como sucede en los países más civilizados de Europa, donde el protestantismo y la importante presencia de otras religiones, han destruido desde hace tiempo el criminal monopolio vaticano sobre las conciencias y los cuerpos. Eso sería hacer uso del sentido común y de la decencia moral, cualidades ausentes de la secular tradición española.

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La política demográfica es un elemento determinante de la continuidad de una entidad política y España hace años que fracasa en este apartado. Cuando a los empresarios de la construcción le hicieron falta trabajadores para su negocio, el gobierno abrió las compuertas a una emigración masiva quedándose tan fresco. Cuando la realidad ha puesto al descubierto la precariedad de nuestra economía y de la base social sobre la que ésta se asienta, vuelven a sonar las trompetas de los cruzados. Evidentemente, alguien allá arriba da la orden y catolicismo social, que ellos pretenden nacional y estatal, se pone en marcha en una fúnebre procesión.

Ahora, el cónclave homosexuado -por mucho que se la busque no se encontrará a ninguna mujer entre púrpuras episcopales- saca toda su artillería de truculencia y fealdad, de reliquias mortuorias e insanidad sexual, de mística frustrada e hipocresía genética, abriéndose la veda del disparate y el espejo convexo del Callejón del Gato del que hablara Valle-Inclán. Se presentan imágenes pavorosas, se agita abiertamente la culpa, la vergüenza y el terror, se bombardea con negra e innoble propaganda a millones de niños escolarizados en centros de educación obedientes a una potencia extranjera. Otro fracaso histórico de este país tan “de fantasía”, como decía Balzac.

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Déjense ustedes la afición a las películas de terror. Si quieren estremecerse visiten alguna de las páginas web de alguna de esas asociaciones subvencionadas con las que la corporación vaticana hace la política de este país que, algún día verá y es seguro, el final de tan funesta influencia.

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Nueva fase en la guerra imperial contra Siria.

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Nueva fase en la guerra imperial contra Siria.

En primer lugar esperanza. Un rayo, muchos rayos de esperanza porque se atisba el final de una era de criminal imperialismo global occidental que ha impuesto su yugo al mundo por más de 500 años. Resaltar el carácter de “nueva fase” de una guerra que lleva 3 años masacrando a la heroica República de Siria. Si el estado mayor imperial ha decidido desencadenar la operación militar directa que se anuncia la causa se debe al fracaso de las fases anteriores. En efecto, la guerra de cuarta generación se articula obedeciendo a un diseño en el que en primer lugar se alimenta a la disidencia interna para provocar, mediante falsas revoluciones populares, un cambio de régimen en el que el partido soberanista sea sustituido por un partido clientelar que faciliten la expropiación de los recursos del país en favor de las corporaciones multinacionales. Esta primera fase fracasó en Siria. Se pasó a continuación a una segunda fase cuyo objetivo es la desestabilización permanente del país por medio del terrorismo mercenario. Una vez que las fuerzas armadas sirias lograron derrotar a los más de 40.000 terroristas pagados por Arabia Saudí, Qatar, Siria, Francia y el Reino Unido, con la colaboración activa de milicias populares, de la milicia kurda y del poderoso Hezbollah libanés, al Imperio se ve forzado a pasar a una tercera fase de intervención directa que tenderá primero a obtener la supremacía aérea y el bloqueo marítimo para pasar a continuación a una intervención directa desde Turquía, Jordania, Israel y tal vez Iraq.

En el centro de la disputa se encuentra el plan de reordenación de Oriente Próximo que preveía la invasión de 7 países en 5 años, tal y como hizo público el General Clark. Este plan, que incluía a Iraq, Afganistán, Libia, Sudán, Líbano, Siria e Irán se está alargando de manera inconveniente para los intereses imperiales y si bien Afganistán, Iraq y Libia fueron efectivamente invadidos, estos países están muy lejos de haber sido pacificados.

La cuestión petrolera se sitúa de nuevo en el centro de las apuestas. Para analizarla hay que tener en cuenta primero la supremacía energética que Rusia está obteniendo en el aprovisionamiento de gas a Europa. El gasoducto Nordstream lleva ya años abasteciendo de gas a Alemania. Además el gas ruso atraviesa Bielorrusia y Ucrania, a lo que hay que añadir el proyecto de un nuevo gasoducto que se construiría en Bulgaria. El hallazgo de inmensos yacimientos gasísticos frente a la costa siria y la adjudicación de los mismos en favor de empresas mixtas ruso-sirias pone en muy mala posición al monopolio energético del que los anglosajones han disfrutado hasta la fecha gracias a su alianza con las monarquías feudales árabes.

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Con las cartas encima de la mesa sólo queda preguntarse hasta dónde están dispuestos a llegar los aliados de Siria, Rusia e Irán, en este desafío. Rusia cuenta ya con una pequeña base naval en Tartous y ha abastecido a Siria con los sistemas antiaéreos S-300. Por otra parte, nadie ignora que fuerzas especiales iraníes operan en Siria desde hace meses. Sin embargo, esto es muy poco y no será suficiente en caso de un ataque masivo por tierra y por aire. Es previsible además que Turquía cierre el Bósforo a la marina rusa y Egipto cierre el Canal de Suez a la marina iraní, bloqueando de esta manera todo aprovisionamiento. En mi opinión, Rusia responderá cortando el oleoducto Bakú-Ceyhan con algún tipo de intervención en Georgia e Irán cortará el Estrecho de Ormuz. Sin embargo, en pocos meses el ejército sirio terminaría sucumbiendo y el Imperio cuenta con un cuantioso rescate económico a Rusia e Irán como compensación para restablecer el maná energético, con promesas de estabilidad y paz para la región. Para entonces, Siria habría dejado de existir como estado soberano. Seguramente, el Imperio ya dispone de las facciones clientelares que, desde dentro, presionarán hacia esta solución. Todo está preparado, incluso la inauguración de la nueva Torre Libertad de Manhattan, cuya función exorcista y catalizadora del ardor patrio y guerrero forma parte del plan de batalla de esta Cuarta Guerra Mundial.

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Así pues, sólo una intervención militar combinada ruso-iraní a través de Iraq, puede salvar a la República siria. Sea como fuera, en cualquier escenario posible hay un claro ganador: Alemania, que no necesita intervenir, contando como cuenta de abundante petróleo ruso. Y esto tiene interés en lo relativo al caso español. España es desde hace siglos un país periférico, protectorado de hecho de los Estados Unidos y la OTAN. Sin embargo, entre sus élites dirigentes se ha planteado un cisma, entre atlantistas y europeístas. La desestabilización interna que atraviesa el país, con poderosos intereses presionando en favor de un alineamiento sin equívocos con el eje imperial anglosajón, incluyendo la salida de un euro dirigido por Alemania están en el origen de la campaña mediática que ha revelado innumerables casos de corrupción, incluyendo a la familia real, poniendo de manifiesto la corrupción sistémica que corroe al país.

La eventual derrota de los planes imperiales podría desenmascarar al partido de la guerra, decidido a vender lo que queda de soberanía nacional al mejor postor, poniendo en evidencia a agentes extranjeros como José María Aznar, Esperanza Aguirre, Rosa Díez o Pedro J. Ramínez. En caso contrario, el debilitado sería el partido nacional-católico, partidario del europeísmo filo-alemán, con Mariano Rajoy y el PSOE a la cabeza. En cualquier caso, se abre un período en el que un partido revolucionario de clase, encontraría una brecha para erigirse en árbitro entre las facciones de la burguesía y alcanzar cotas superiores de poder popular e incluso la supremacía política. Pero desgraciadamente el Partido Comunista de España carece de la voluntad, al igual que el troskismo y anarquismo, que han apoyado incluso las invasiones imperiales, de erigirse en actor necesario para este proceso. ¿Quién levantará la bandera de la revolución popular en España?

República, república, república

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El largo y cálido verano está sirviendo de tregua a las hostilidades por mucho que el Gran Inquisidor Pedro José R. haya intentado mantener la tensión resucitando el Caso Carroñero. Pero sirve también el imperio del Sol, ese Sol de España, para el reencuentro familiar de una nación que conserva todavía, profundamente arraigada, su alma de pueblo y campo. Se multiplican así millones de veladas nocturnas en las que, mientras se come y se bebe, se intercambia información sobre los seres queridos, el trabajo, el dinero y el gobierno de la nación.

            En esta primigenia y temible red social, a poco que se aguce el oído, comprobamos por doquier cómo el sentimiento nacional se expresa cada vez con mayor fuerza sobre la desposesión y la humillación histórica a la que se está sometiendo al pueblo. Se desatan rabias calladas, sufrimientos, se acusa y se amenaza, se grita incluso, para acabar finalmente convergiendo, ya con las tripas repletas, en el “no podemos hacer nada” de las voces más prudentes. Nadie quiere sacrificarse. Todos tienen su excusa preparada: “Les corresponde a los jóvenes”, dicen unos; “No tenemos armas”, dicen otros, defendiendo cada uno su seguridad y su patrimonio, por pequeño que este sea, confiando secretamente en poder capear la tempestad de manera individual o familiar.

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            La tórrida España, ávida de fiesta y santería, de refrescante sombra, conoce poco de solidaridad y de ética. No le importa ser humillada y perder dignidad con tal de permitirse sus momentos de exaltación grupal, aunque sea una vez al año: La fiesta, auténtico bálsamo de Fierabrás de la paz social. En realidad, el español quiere perderse en la sociedad, no encontrarse en ella con otros en los que reconocerse. La conversación intrascendente y el alcohol le valen para postergar un día más, sine die, la lucha y la sangre que necesariamente ha de correr, haciéndose ese rojo torrente cada vez más inaplazable e impetuoso, como una riada equinoccial.

            Mientras, los tiranos afilan sus espadas y enjaizan sus caballerías, aprestándose a un nuevo embate.

 

Imperialistas train prepara primavera de color en Cuba. Tranquilos: Conduce Carromero.

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Agotado de momento el culebrón Bárcenas, el eterno conspirador Pedro José se ha sacado del cajón  un nuevo folletín que, cuando menos, tenía varios meses de antigüedad. Sabíamos que el verano es época de sequía informativa y que, aparte de los incendios forestales y otras noticias recurrentes, en Agosto las agencias y las redacciones dormitan al amor de los ventiladores. Después de sus repetidos jaques a las más altas instituciones del Reino de España (casos Gürtel, Noos, cacerías africanas del Rey, Corina, Bárcenas, etc), Don Pedro José pone encima de la mesa un libreto, algo ajado, para que sus paniaguados de la calumnia tengan algo que llevarse a la boca hasta septiembre. Pero lo que parecía una tregua era en realidad una escalada de las hostilidades. Ahora, el diario El Mundo acusa al gobierno de ser cómplice de… ¡Fidel Castro!. ¿Cabrá mayor insulto para un fascista? Margallo que intentaba tomar aire con su opereta gibraltareña se va a ver obligado a pasar el verano en los sudores de Madrid. El combate de estos dos  púgiles cebados de fuá está servido. Ambos visten el calzón rojigualda del imperialismo español.

 Para quien no haya oído hablar del episodio, Angel Carromero, un agente especial ligado a la condesa Esperanza Aguirre, eliminó en un accidente de tráfico, por su afición a la botella y la velocidad, a dos miembros de la cúpula mercenaria llamados a protagonizar una de esas primaveras “democráticas” de colores en cuanto muera Fidel Castro. A Cuba había viajado en compañía de otro espía sueco para hacer uno de los pagos en dólares con los que esta gente se mantiene y compra voluntades. Pero la cosa salió mal. Carromero fue detenido y condenado a 4 años de prisión por homicidio involuntario. Gracias a las gestiones de sus valedores y a la buena disposición del gobierno cubano, fue trasladado para que cumpliera la pena en España, que incumplió su compromiso, según su política de inmunidad general para el crimen organizado, poniéndolo inmediatamente en libertad.

 Sin embargo, no se trata tanto de salvar la reputación de Carromero, ni tan siquiera de atacar a la República de Cuba, como de continuar con la campaña de acoso y derribo que una facción de la oligarquía española, la más reaccionaria, ligada al terrorismo fascista internacional, ha emprendido para derribar no sólo al gobierno circunstancial del incapaz Rajoy, sino todo el sistema político surgido de la Restauración borbónica heredero del general felón Francisco Franco. Esta organización actúa a ambos lados del Atlántico y tiene su doble cabeza en Madrid y en Miami. Su misión: erradicar todo obstáculo político  a la barbarie capitalista mediante acciones de sabotaje terrorista y guerra psicológica, pasando por golpes de estado como en Honduras y Paraguay. Su director: José María Aznar. ¿Por qué entonces derribar a Rajoy, alumno aventajado del capitalismo más colonialista y anticomunista? Pues porque Rajoy ha conjurado de momento el plan anglo-estadounidense para demoler el euro y la hegemonía alemana en Europa. Esta es y no otra la conexión entre los casos Noos, Bárcenas y Carromero.

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 Atacar a la República de Cuba se ha convertido en un comodín para la oligarquía española que, a fuer de carecer de prestigio o relevancia aspira al menos a convertirse en agente necesario de intereses superiores. Muchos de ellos no han olvidado las haciendas esclavistas que poseían en la llamada “Perla del Caribe”. Efectivamente, muchas de las familias de la oligarquía filofascista española hicieron sus fortunas en Cuba: Las familias propietarias de El Corte Ingleś, la familia Rato, los Botín, las más grandes fortunas del siglo XIX como el Marqués de Comillas amén de las extensas posesiones en la isla de la Casa Real, lo cual une sus intereses al de las corporaciones estadounidenses que se vieron expropiadas por la revolución.

 La prensa tradicional se muere. El Washington Post acaba de ser vendido por el precio de un solar. El Boston Globe, habiéndose comprado por 1.150 millones de dólares no pudo venderse por más de 70 millones. Lo mismo sucedería en España si estos medios no fueran otra cosa que instrumentos de propaganda política del Estado. Ahora que la paz es imposible, Pedro José Ramírez se sabe perdido y sus pataleos más se asemejan a las últimas bocanadas de un náufrago sin tabla de salvación. Con Aguirre fuera de juego, Eurovegas bloqueada, Aznar seriamente señalado por corrupción masiva, y sobre todo, con unos señores italianos que han financiado sus negocio obteniendo sólo ruina, el gran conspirador apela a instancias superiores. Y vemos entonces como todo el entramado forma parte de una única estructura que se asienta a ambos lados del Atlántico. Una estructura mafiosa y terrorista que mueve tranquilamente capitales producto del tráfico de drogas para financiar golpes de estado, para sostener a sus agentes políticos, comprando sus escaños, como todo el mundo hace en el Congreso y el Senado del imperio.

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 Sólo cabe preguntarse si el imperio, cuyas invasiones en Afganistán, Somalia, Libia, Kosovo, Haití, Sudán, Mali, Iraq o Siria se desmoronan por momentos, que acaba de cerrar más de 20 embajadas en países árabes y bajado la persiana de su agencia qatarí, tendrá la fuerza suficiente para emprender una nueva ofensiva en su campaña de demolición de la Unión Europea. La operación Primavera Cubana lleva muchos años preparándose con paciencia con el objetivo de escupir sobre la tumba del mayor héroe que el siglo XX ha dado a la humanidad. Todo dependerá de la madurez política del pueblo cubano que, estamos seguros, estará a la altura de la misión libertadora y dignificante que la historia le ha encomendado.

 

Algunas reflexiones sobre el ensayo “Estetización y mistificación de la vida en el sistema publicitario”, de Jon E. Illescas.

Algunas reflexiones sobre el ensayo “Estetización y mistificación de la vida en el sistema publicitario”, de Jon E. Illescas.

 Por Reinón Muñoz. 15-06-2013

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Leyendo el excelente ensayo de Illescas, uno tiene la impresión de atar muchos de los cabos sueltos  que deja tras de sí el fenómeno publicitario. Mediante pertinentes referencias, y un lenguaje ameno a la par que riguroso, Illescas nos instruye acerca de los insidiosos mecanismos publicitarios y sus efectos en nuestras vidas, logrando así llegar hasta el quid de la cuestión: la publicidad es el alma del sistema capitalista. Valgan algunos apuntes que pudieran ayudar a completar este notable trabajo donde, quizás hubiera sido necesario desarrollar -o al menos enunciar- líneas de acción dirigidas a la destrucción o en su caso, recuperación en favor del proletariado, del fenómeno publicitario. La conclusión de que para acabar con la publicidad hay que acabar antes con el capitalismo se parece a aquellos secretos de Polichinela que todo el mundo conocía. No es suficiente, aunque admito que constituiría el objeto de otro ensayo.

En su análisis, Illescas se mantiene fiel a los autores marxistas, sin valerse de otros instrumentos que a mi entender poseen una transcendental importancia para la comprensión del problema en cuestión. Los marxistas siguen ninguneando los descubrimientos de Sigmund Freud sobre la libido, fuerza motriz fundamental del comportamiento humano. La cosa no tendría demasiada importancia si la burguesía no se hubiera servido y aplicado dichos conocimientos para aliviar la sobreproducción industrial a través del consumo de masas o “sociedad de consumo”. Resulta extraño que Illescas olvide en su ensayo a Edward Bernays, el sobrino estadounidense de Freud que inventó las relaciones públicas, cuyo libro “Propaganda” ejerció una decisiva influencia sobre Goebbels, y es considerado la Biblia de la publicidad moderna. Otros autores esenciales para el análisis del fenómeno publicitario, como Vance Packard (“Los persuasores ocultos”, 1957, “Una sociedad sin defensas”, 1967) se echan también en falta.

En su ensayo, Illescas sostiene que el capitalismo no podría existir sin publicidad, lo cual no es en absoluto seguro. De hecho, la publicidad es muy anterior y no está necesariamente ligada al mismo. En los muros de Pompeya ya había graffitis con mensajes publicitarios. Por su parte, el capitalismo no siempre ha necesitado de la publicidad y quizás pueda prescindir de ella en un futuro. La publicidad moderna aparece con la producción industrial masiva, a mediados del siglo XIX, cuando la burguesía llevaba dos siglos reinando en Inglaterra. Es decir, la forma publicitaria ligada a la producción, se adapta al momento histórico del proceso productivo, a posteriori y como consecuencia de éste.

Pero el ensayo de Illescas no versa de la publicidad en sí, sino de los procedimientos estéticos mediante los cuales ésta se incrusta en la psique del consumidor, obteniendo su asentimiento y funcionando por tanto como lubricante del proceso productivo-consumista. En este sentido, es esencial destacar que publicidad no es objeto. Sólo hay que comprobar por uno mismo la tremenda rapidez con la que la mercancía pierde su atractivo una vez comprada, convirtiéndose de nuevo en lo que es: un objeto producto de un proceso industrial.

Así pues, la fascinación publicitaria actúa en otro ámbito diferente al de la fascinación de la mercancía enunciada por Marx; en un estadio previo que tiene que ver con técnicas de manipulación del comportamiento vehiculadas a través del monopolio comunicacional-ideológico detentado por los capitalistas al que, siguiendo a los situacionistas, denominamos “espectáculo general”. Como la política burguesa, en la que partidos financiados por la banca se alternan en un gobierno cuya principal función es hacer de pantalla, ocultar, a los oligarcas que detentan realmente el poder; la publicidad sería también una forma de teatralidad, difundida a través de medios de comunicación de masas con el objetivo de estimular mediante el engaño una mala atribución de recursos en beneficio de la acumulación capitalista. El destinatario de la publicidad será pues incitado a pagar un precio mucho más caro por un producto publicitado del que pagaría por uno que no lo fuera; será engañado acerca de sus necesidades reales y obligado a crearse otras nuevas para ser aceptado socialmente.

Jon E. Illescas describe brillantemente algunos de  los mecanismos persuasivos -o quizás habría que decir “coactivos”- de los que la ingente maquinaria publicitaria se sirve. Subrayar tan sólo que el producto publicitario es en sí mismo un subproducto, un “ersatz” -sucedáneo- estético, un arte de tercera categoría. Para probar esta afirmación desarrollaré el siguiente ejemplo.

Para cada categoría del consumo, existen una serie de productos que no se encuentran sujetos a publicidad. Esto es cierto para las llamadas “marcas blancas”, productos a granel, muchas veces idénticos a los publicitados, que las grandes superficies venden bajo su propia marca. Pero esto es también cierto para productos de excepcional calidad, en general desconocidos del gran público y que rara vez necesitan de publicidad añadida.

Así, las masas serán informadas acerca de las excelencias del champagnes de gama alta como “Dom Perignon” o “Mum’s”, pero jamás oirán hablar de las pequeñas bodegas que venden sus botellas directamente a un público exclusivo y habitual sin pasar por las grandes cadenas de distribución; también encontrarán en su supermercado whisky Chivas o Jack Daniel’s, con los que agasajar a un invitado, pero lo ignorarán todo sobre las pequeñas destilerías escocesas que surten a la flor y nata de la oligarquía mundial; habrán visto algún Rolls Royce en foto, pero rara vez habrá contemplado uno con sus propios ojos. Nunca habrá visto un anuncio de esta marca y sería raro que llegara a sentarse jamás en uno de estos vehículos. El producto, se sitúa más allá y fuera de su “libertad para elegir”, esa falacia. No está producido para él, por lo tanto, no necesita ser publicitado. El producto en sí, expresa su calidad real, que no decae por el uso, que es siempre la misma y que, por lo tanto, no necesita ser publicitado, maquillado, disfrazado, loado o enaltecido.

Como consecuencia de esta idea, se infiere que la publicidad necesita obligatoriamente de un público estupidizado por la falta de alternativas que le permitan comparar la realidad de la ficción; un público al que se reduce, por medio de una desmesurada estimulación sensorial, a una especie de miseria. Este público, arrancado violenta y brutalmente de referencias culturales históricas o tradicionales, de la producción, de la información veraz, de la satisfacción orgásmica, del trabajo, ejerce de ganado sobre el que el sistema capitalista realiza sus gigantesco beneficios. La verdadera satisfacción, la vida “de verdad” -por retomar el falsario eslogan de un conocido gigante de la distribución- está en otra parte, en el ámbito de lo particular, del negocio sin intermediarios de personas que se conocen, de la comunicación biunívoca, del espacio privativo. Y es que quizás la característica primordial del espectáculo publicitario o propagandístico haya de ser -y valga la redundancia- su naturaleza pública, junto a la difusión obsesiva, de mensajes repetitivos que anulen por ubicuidad y saturación la articulación de un discurso mental elaborado de forma autónoma.

Es decir, la publicidad necesita por una parte, de espacios públicos -o más que públicos, masivos- donde sus mensajes puedan ser recibidos por el mayor número de individuos al menor coste posible, cumpliendo como producto que es -dentro del sector del espectáculo- con la regla general de la producción capitalista: máximo beneficio por el mínimo coste. Además, la publicidad necesita dejar el mínimo margen a la elección (¿libres para elegir?), lo que consigue eliminando posibles alternativas de compra (mediante el monopolio capitalista de la comunicación, la energía y la distribución) a la vez que saturando el sistema sensorial de sus destinatarios gracias a la ubicuidad y la repetición de sus mensajes. De estos dos factores se deriva la uniformización del comportamiento que consigue mediante la imposición por ejemplo del espectáculo deportivo, que se ha adueñado ya de más de la mitad de la programación de las televisiones.

Si la propaganda capitalista se justifica en la libertad de mercado y de elección, en la flexibilidad de la oferta y la demanda, la realidad es que la acumulación capitalista conduce inexorablemente a la creación de monopolios, cuyo principal interés es reducir éstas a su mínima expresión, cuando no anularlas. Así, cuanto más monopolista es un sistema económico, más arremete contra los últimos reductos de la libertad individual, tanto política como económica. La publicidad encuentra un límite en la intimidad, en lo privado, en lo secreto, que pretende hacer público y transparente. De ahí sus constantes empellones por introducirse en la esfera de lo personal, en los domicilios familiares, en los teléfonos móviles, en los grupos de amigos, en la sexualidad, residuos todos de estructuras socio-económicas demasiado independientes de los designios de las gigantescas corporaciones que controlan la economía mundial. Por una parte, la publicidad, el capitalismo, necesita ampliar cada vez más su campo de acción, mediante un doble movimiento: Privatizando los últimos reductos de lo público, a la vez que publicitando los últimos reductos de lo privado, el capital se encuentra muy cerca de derribar esa cuarta pared de la que han hablado los teóricos del teatro, la que establece la diferencia entre actor y espectador, entre realidad y ficción, entre satisfacción y frustración.

Pero ello sólo será aplicado al neoproletariado global desposeído, desahuciado de derechos y trabajo, convertido en ganado consumidor para el que Zbigniew Brzezinski inventó el término “tittytainment”, contracción de “entertainment” (entretenimiento) y de “tits” (tetas), referidas más a su función alimentaria que erótica (aunque quizás ambas funciones no sean sino las dos caras de la libido freudiana). La idea de Brzenzinski es que, en un mundo en el que el 20% de la población bastará para hacer funcionar la economía, el problema de los privilegiados consistirá a dosificar el pan y los juegos que será necesario acordar a la mayoría desposeída. Un cocktail de diversión embrutecedora y de alimentación suficiente permitiría, según él, mantener de buen humor a la población frustrada del planeta.

 

 

JUAN MANUEL DE PRADA. ESCRITOR DE REGIMEN

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JUAN MANUEL DE PRADA. ESCRITOR DE REGIMEN

El artículo “Monarquía”, de Juan Manuel de Prada, publicado el 11 de septiembre de 2011, obtuvo un año después el Premio de Periodismo de la Fundación Institucional Española, que el escritor recibió de manos del Jefe del Estado.  Este reconocimiento supuso la confirmación de “de Prada” como “escritor de régimen”, de lo cual venía ejerciendo  oficiosamente gracias a la promoción editorial y mediática que le otorga su condición de empleado del Grupo Vocento, sucediendo a otro escritor de régimen, Arturo Pérez-Reverte, que parece haberse desvanecido, quien sabe si escurrido o silenciado.

 Pero unos meses antes de recibir el premio, a “de Prada” le publicaban otro artículo también titulado “Monarquía” esta vez en ABC. Queda claro de qué vive este señor. El artículo es un galimatías pésimamente escrito con la frase larga y engorrosa -algunos, eufemísticamente, la llaman barroca– a que nos tiene acostumbrados “de Prada”. Los disparates que allí desfilan nos sorprenderían si no los hubiéramos oído antes de boca de otros criados del interés oligárquico que, hipócritamente, se hace pasar por nacional. Su conclusión es la denuncia de una hipotética traición  del PSOE que, llegado el momento, abandonaría el “Juancarlismo” para volver a su republicanismo genético. Este extremo es obviamente ridículo, y  “de Prada”, o al menos sus valedores, deben de saberlo. El Partido Socialista Obrero Español ha sido la pieza fundamental del engranaje político que hizo posible la escandalosa sucesión de Juan Carlos I de manos de un fascista felón. Emergido como por magia gracias a la generosa ayuda de fundaciones socialdemócratas alemanas y de la CIA, su historia es la de una exitosa operación de ingeniería política destinada a consolidar y acrecentar el poder de los capitalistas. Su suerte está por lo tanto íntimamente comprometida con la del régimen, y lo defenderá mientras le sea posible hacerlo. Apuestan pues los voceros de la causa monárquica a seguir demonizando a los arribistas del PSOE, seguros de que los descerebrados que leen sus periódicos seguirán considerando a dicha empresa política como “la espada vengadora de Lenin”.

 Arturo Pérez-Reverte, cuya galería de héroes nacionales mataba a más enemigos de España que Batman y Spiderman juntos, al menos tenía la gallardía de no engañar, pregonando pecho al viento su condición  imperialista y racista. Pero el propósito de “de Prada”, o de sus valedores,  no es aclarar ni analizar sino confundir y mistificar. Sólo así se entiende que se pueda afirmar impunemente que la monarquía es una institución  inmutable por derecho natural, cuando el 90% de los estados del planeta son repúblicas. Su ideología ni siquiera defiende ese bicameralismo teatral de las dictaduras burguesas, sino que se sitúa en pleno Antiguo Régimen. El Rey de “de Prada” no ha de ser ya el “árbitro” o el “símbolo” del que hablan los autores ingleses y franceses del siglo XIX, sino que vuelve a ser el primus inter pares, o más bien, el par que se reparte, con sus primos, las fincas que no haya puesto a su nombre, por lo bajini, la mafia vaticana.

 Hubo un tiempo, hace poco, en que los nobles se escondían y hasta vergüenza tenían de desvelar sus patricios títulos. Pero en este enorme resacón postsoviético, las cucarachas salen en tropel de sus madrigueras, aprestándose a reclamar distinciones y oropeles, amén de puestos institucionales en la administración, la política, la prensa o las corporaciones, que se transmiten de padres a hijos en concepto de rentas, como en el siglo XIX. Quizás por ello, previendo acontecimientos, el pantagruélico “de Prada” añadió la aristocrática partícula “de” a su plebeyo apellido, con sabor a marroquinería fina, no fuera a ser que algún día le pudieran llamar a la Academia o que se le presentara casarse con la hija de un marqués. Mucho habría de subir aún este vasco hijo de emigrantes zamoranos pero, ¿no llegó el guardia extremeño Godoy  a Príncipe de la Paz? Puede que llegue a barón pero, ¿con esa cintura de mesa camilla? ¿Marqués? Nunca.

 Es triste constatar que un hombre de tan sólo 43 años, convertido en verdadero viejo prematuro, pueda poseer una ambición tan grande que le lleve a someterse a los dictados de los elementos más rancios y casposos que este país produce, sobre todo teniendo en cuenta que “de Prada” empezó su carrera con un libro llamado “Coños”, presentado en sociedad por aquella estafa viviente llamada Francisco Umbral que, escribiendo para el diario “El Mundo”, logró convencer a muchos de que era comunista. Debe de pasarlo mal este hipócrita divorciado cuando, en alguna de esas vergonzosas manifestaciones antiabortistas a las que asiste como campeón del catolicismo político -de nuevo una mujer acaba de morir en Irlanda por ser obligada a llevar adelante un embarazo a riesgo- algún ultra le recuerda un título de su catálogo literario como “El coño de las niñas”.

Garzón y la mano sucia

Recycling Garzon

Recycling Garzon

En política, como en papel higiénico, la mano no anda nunca lejos del excremento y en muchas ocasiones, ha de estrecharse con el enemigo o el verdugo esgrimiendo la más afable de las sonrisas. El Pacto nazi-soviético con el que Stalin y Hitler se repartieron Polonia meses antes de que el segundo se lanzara panzers en mano a desollar vivo al primero es quizás un ejemplo paradigmático en la historia.

No cabe duda de que Baltasar Garzón debería él mismo ser juzgado por delitos de lesa humanidad. Sin embargo, el odio que sin duda alberga contra los causantes de su destierro podría muy bien ser utilizado contra los enemigos de la clase trabajadora. Téngase en  cuenta que Garzón, otrora cabeza de los aparatos represivos del Estado, sabe mucho, demasiado, y que sabe que su cabeza está en peligro. Además, su personaje aún consigue engañar a  muchos de los rebaños babeantes que pacen en las majadas de la social-democracia.

Como burgués y oportunista que es, lo más probable es que Garzón traicionase pronto las esperanzas puestas en él, vendiendo caro su silencio o su inacción y llegando a compromisos con los poderosos a los que se supone debería perseguir. Por eso habría que saber atarlo y destituirlo en cuanto dejase de cumplir su función como pieza de rozamiento abrasivo desechable una vez decapadas las miasmas nacionalcatólicas, papistas y monárquicas junto con a mamporreros sindicales

Se mire por donde se mire, el destino final de Garzón se encuentra entre bambalinas, lejos de los focos del estrellato. Cruel castigo para un político tan ambicioso como maniobrero, que nunca pensó en apearse de las tribunas del Estado, cuya razón tan brutalmente defendió  para ser recompensado por los que viven sobre las espaldas de la clase trabajadora.